JESÚS BENDICE CON SU PRESENCIA BIENHECHORA

1.- POBRE HOMBRE.- Job había poseído grandes riquezas, había gozado de salud corporal, había sido querido de todos. Y de pronto Dios le hiere profundamente. Su cuerpo se llena de lepra: "Mi carne está cubierta de gusanos y de costras terrosas, mi piel se agrieta y se deshace". Ve su vida como un duro servicio, como los días de un jornalero que trabaja duramente, como los de un esclavo que se fatiga afanosamente, suspirando por la sombra.

Así es la vida a veces, así de muerta, así de oscura, así de trágica... Niños escuálidos, brazos y piernas de solo hueso y pellejo, con grandes ojos tristes, con la barriga hinchada. Mujeres esqueléticas, con sus carnes fláccidas, con la mirada medrosa. Hombres que huyen por los mil caminos de la jungla salvaje, dejando atrás los hogares derruidos, las mujeres abandonadas, los niños hambrientos...

El hombre, Señor, el hombre. Blanco o negro, cobrizo o amarillo. Es igual, ahí lo tienes. Y pensar que tú lo has creado... Ten misericordia de él, ten piedad, compadécete de tanta miseria. Mira compasivo a los unos y a los otros, a los vencedores y a los vencidos. Y a los que entre bastidores hacen posible la lucha. Los hipócritas que se lamentan de la guerra y suministran los armamentos, para que los hombres se destruyan entre sí. De todos, Señor, ten piedad.

Palabras amargas de Job. Palabras que brotan fácilmente de la vida humana. Días que pasan como nubes llevadas por el viento. "Recuerda que mi vida es un soplo", prosigue Job, "días sin esperanza". Son los momentos tristes de este hombre atribulado. Los momentos álgidos del dolor en los que todo parece derrumbarse Palabras sinceras que vuelan hacia Dios, exponiendo con toda su crudeza el quebranto del alma.

Acudir a ti, Señor, con el alma abierta. Decirte en el silencio de la oración esas angustias que, a veces, atenazan y oprimen el espíritu. Venir con el cansancio en la mirada, con el dolor en el cuerpo, con la tristeza en el corazón. Pero venir, venir hasta ti. Sin disimular el dolor, sin falsos optimismos, sin disfraces absurdos.

Para comprender que la fugacidad de la vida corre hacia la plenitud, que esos momentos salobres pasarán también. Llegar hasta ti, para descubrir, una vez más, el amor de tus ojos, el consuelo de tu palabra, la acogida de tu perdón... Gracias, Señor, por tanta misericordia. Haz que veamos las cosas con visión de esperanza, con visión de amor. Haz que esta vida mortecina que vivimos resucite una vez más. Que a través de nuestro dolor y de nuestra miseria podamos llegar hasta ti. Y alcanzar tu perdón y esa bendición que nos haga vislumbrar de nuevo el gozo a través de las lágrimas.

2.- ACCIÓN Y ORACIÓN DE CRISTO.- Jesús fue muy amigo de sus amigos. Supo querer a quienes había elegido para que le ayudaran en la gran tarea que le había traído al mundo. Así muchas veces lo contemplamos en el Evangelio rodeado de sus discípulos, departiendo con ellos con sencillez y cordialidad. Él participa de sus preocupaciones y problemas, entra en sus casas, conoce y trata a los familiares de los suyos. Es bonito ver al Maestro que viene a la casa de Pedro a curar a su suegra, a quitar la fiebre a esa pobre viejuca que sufría, seguramente por verse incapaz de ayudar y dando trabajo a los demás.

Qué contenta debió sentirse al verse curada. Cómo sonreirían los discípulos al verla afanosa por servir al Maestro y los que le acompañaban. Es una escena entrañable de la vida familiar, que Jesús bendice con su presencia bienhechora. Lección de buenas relaciones entre quienes con alguna frecuencia hay desavenencias y celos, cuando no rencor e incomprensión. El Señor nos enseña a preocuparnos por los ancianos enfermos. La suegra de Pedro nos anima con su ejemplo a saber servir, también cuando los muchos años pesan.

Nos dice luego el pasaje que hoy contemplamos que Jesús, aunque asediado por las multitudes, buscaba el silencio para orar a Dios por los hombres. También nosotros, a pesar de estar metidos en tantas tareas humanas, hemos de buscar el silencio para escuchar a Dios, para hablarle sin palabras quizás. De lo contrario la vorágine de los días y las cosas nos envolverá, arrastrándonos hacia la superficialidad y el vacío interior.

Aunque parezca un contrasentido, para llegar al corazón del hombre tenemos que penetrar primero en el de Dios. Y esto sólo se consigue a través de la oración, sobre todo de la mental, la que nos pone en sintonía con el sentir de Dios, la que nos alcanza su perspectiva luminosa.